Se puede decir que la arquitectura bioclimática o bioconstrucción nace con el propio desarrollo humano.

Los primeros refugios del hombre fueron las cuevas. En su interior, las condiciones externas se suavizan, consiguiendo una gran estabilidad interna. En la actualidad, se siguen construyendo casas enterradas, que aprovechando la tecnología actual; cristal, impermeabilizantes…etc. se consiguen casas realmente confortables.

El hombre prehistórico ya intuía la manera de colocar sus construcciones, incluso parece ser que las utilizaban para regular aspectos naturales adversos. La bioconstrucción era algo inherente al ser humano.

Los egipcios, grandes conocedores de las radiaciones telúricas, procuraban que sus construcciones se orientaran en función de ellas.

Los romanos ya leían de una manera consciente, en las plantas y en los animales, las condiciones más favorables del entorno para ubicar sus ciudades.

Como los animales, las plantas o los minerales, los seres humanos estamos inmersos en un mar de radiaciones que nos bañan constantemente y de cuya energía dependen nuestro equilibrio y nuestra salud física y mental.

Gran parte de la Arquitectura tradicional responde a principios bioclimáticos desarrollándose específicamente en cada lugar, y atendiendo a sus necesidades y a las posibilidades del entorno.

De hecho, en cada cultura, en cada civilización, se hacía uso de la observación de la naturaleza que permitía establecer la salubridad o nocividad de cada lugar.